MONDO LOUBET

Dentro de la variadísima producción artística de Paul Loubet, los paisajes urbanos son un motivo recurrente. Decenas de sus cuadros, murales, esculturas y fanzines presentan espacios habitados que van desde la casa unifamiliar con piscina hasta la galaxia completa. En esta fijación se lee una particular manera de observar y entender el mundo que le está en torno.

Como suele ser habitual en el resto del trabajo de Paul, la representación de la realidad se construye en base a multitud de referencias culturales que, de manera traviesa, pueden llegar a conectar la pintura folk americana con la estética del Spectrum 128k. La preferencia por los referentes populares y el modo de jugar con ellos dan cuenta de una comprensión del arte y de la cultura como construcciones derivativas, cimentadas en el descubrimiento, el diálogo y el intercambio antes que en lo puro y lo elevado. Esa manera de ver las cosas está sin duda influenciada por una vida de acá para allá, acumulando con alegría vivencias en ciudades como Béziers, Tournai, París, Buenos Aires o València.

Una segunda clave, relacionada estrechamente con lo anterior, es el amor de Paul por la cultura de género y de serie B en sus múltiples vertientes: ciencia ficción, terror, western, acción, música metal, cómic underground… En el manejo de códigos comunes, el uso de arquetipos y la subversión de esas reglas de base, quienes saben apreciar el poder de dichas fuentes encuentran formas de aproximarse a una realidad compleja a través de la metáfora, la hipérbole, la ironía o la especulación. De hecho, a pesar de su aparente ligereza y de su sentido del humor, las obras de Paul suelen mostrar un mundo algo paranoico en el que las grandes corporaciones amenazan con hacerse con el control planetario, la tecnología se convierte en un instrumento de alienación y vigilancia, y la gente mientras tanto compone una coreografía nerviosa que puntea el panorama.

En tercer lugar, cabe prestar atención al modo en que se representan estos espacios. Usando recursos como el plano general, la vista aérea o la representación en mapa, con una composición de conjunto casi siempre elemental y cerrada, en primera impresión los mundos de Paul parecen fáciles de aprehender. En cambio, al recortar distancias y detener la mirada, se descubre un segundo nivel en el que actúa la miniatura. De manera más espaciosa o más abigarrada, los detalles diminutos introducen pequeñas historias en la escena, capas narrativas que funcionan de manera individual pero también se relacionan unas con otras, dibujando una realidad dinámica, diversa y coral.

Esta forma de percibir la dinámica urbana se sitúa en una línea que va desde las primeras pinturas de la ciudad medieval hasta el arte autodidacta de Ralph Fasanella. El rasgo distintivo del trabajo de Paul podría ser su capacidad casi infantil para compaginar una ágil destreza para la simplificación con un tierno desparpajo a la hora de añadirle detalle. A través de su mirada, que es extensión de una actitud ante la vida, las cosas son sencillas y a la vez un pequeño quilombo. Los mundos de Paul encuentran su lógica en el movimiento y el alboroto.

Con el tono gamberro del que constantemente tira, Paul Loubet dice de cuando en cuando que su insistencia en construir mundos propios denota que habría sido un estupendo dictador. Esta afirmación debe ser entendida como una fanfarronada sin más, pues nadie está tan alejado de la obsesión por el orden, la uniformidad y el pensamiento único. Más revelador es aquel deseo de niñez de querer llegar a ser piloto de avión. En su obra artística, Paul sobrevuela los mundos que creamos, retratando el intrincado paisaje humano con cercanía, imaginación y fascinación.

Chema Segovia